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lunes, 7 de septiembre de 2015

UN NUEVO INTENTO DE GOLPE BLANDO EN ARGENTINA, por Adrián Corbella


Democracia y capitalismo son conceptos que no siempre han ido de la mano. Cuando América Latina se integró al mercado mundial capitalista, en el último tercio del siglo XIX, lo hizo con gobiernos que si bien eran “republicanos”, de democráticos tenían poco y nada. Los regímenes oligárquicos latinoamericanos usaron y abusaron del fraude y la represión, y no le hicieron asco a algunos genocidios localizados con sectores sociales particularmente hostiles a estas políticas (desde los pueblos originarios de selvas y llanuras hasta los habitantes combativos de zonas rurales, como los gauchos argentinos, pasando por los obreros huelguistas a los que se masacraba o deportaba). El republicanismo, entendido como gobierno de una elite, y el trabajo libre capitalista, fueron los sistemas más populares, pero no resultaron excluyentes de experiencias monárquicas (el Imperio del Brasil que existió durante 67 años, o las efímeras experiencias imperiales mexicanas), sostenimiento de la esclavitud –Brasil hasta 1888- o extensión de formas de trabajo forzado semiesclavista en el agro–un poco por todos lados-.
Salir de estos regímenes republicanos pero oligárquicos fue un proceso arduo, muchas veces pacífico, pero en otras extremadamente violento (pensemos en la Revolución Mexicana).  Este pasaje de la República a la Democracia no fue aceptado sin más por los sectores dominantes de las sociedades latinoamericanas, que se opusieron a estos avances democratizadores de manera firme y decidida.
En los pequeños países de Centroamérica y la Frontera Imperial caribeña, la lucha se desarrolló de una manera desnuda, desprejuiciada. Los sectores conservadores llamaban directamente a las tropas del Imperio, que desembarcaba con sus marines e imponía regímenes dictatoriales, instalaba en el poder a déspotas dañinos y pintorescos como Anastasio Somoza, Fulgencio Batista, Rafael Trujillo o Francois Duvalier.
En Sudamérica, donde un desembarco norteamericano era inimaginable por aquellos años, los encargados de realizar estas “correcciones” al voto popular fueron los ejércitos, adecuadamente capacitados por los norteamericanos. Todo gobierno latinoamericano “progresista” o “populista”, con demasiadas inquietudes sociales o simplemente hostil a aceptar la guía de la Casa Blanca, fue sacado del poder de manera violenta por sus propias fuerzas armadas, transformadas en guardianes de la democracia y el capitalismo, o más simplemente en gendarmes del Imperio. En tiempos de la Guerra Fría se hablaba siempre del “peligro comunista”, concepto aplicado a fuerzas políticas de lo más diversas, la mayoría muy alejadas de cualquier forma de marxismo.
Con la caía del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, el problema que representaba el voto popular encontró otros cauces con la emergencia del neoliberalismo. En la década del ’90 hubo una verdadera cooptación  de los partidos populares y de centro izquierda por parte de la ideología neoliberal. Quizás los dos casos más emblemáticos sean el de la socialdemocracia europea y el del peronismo argentino. A caballo del “fin de las ideologías” y el “fin de la historia”, fuerzas que se habían enfrentado siempre al liberalismo adoptaron la ideología neoliberal. Los gobiernos neoliberales llegaron al poder por el voto popular, por lo que la intervención violenta para torcer el sufragio popular dejó de ser necesaria, a la vez que dichas intervenciones de uniformados, que habían causado auténticos baños de sangre en lugares como Chile y Argentina, perdieron todo su carisma y se transformaron en “mala palabra”.
Sin embargo, eran necesarias algunas intervenciones. La antigua URSS se estaba desmembrando y era vital organizar los nuevos estados que iban surgiendo  de manera acorde al “Consenso de Washington”. Aquí aparece, y el primer laboratorio de experimentación fue la Lituania de Vytautas Landsbergis en 1990, el concepto de “golpe blando”, a partir del desarrollo de las ideas que el sociólogo norteamericano Gene Sharp explicitó en su libro “De la dictadura a la democracia”. Sharp planteaba movilizar a la sociedad civil contra gobiernos que él consideraba no democráticos, aplicando a su manera las ideas de resistencia pasiva de Gandhi. La idea de Sharp era simple: el poder político, los gobiernos y las leyes, funcionan en la medida en que la mayoría las respeta. Si se consigue una desobediencia civil masiva, cualquier gobierno cae. Debía identificarse sectores descontentos, potenciar mediáticamente esa inquietud demoliendo la imagen del gobierno que se quería derrocar –utilizando como ejes ideas como la corrupción, la inflación, la amenaza a la libertad de prensa o la inseguridad-, y utilizar a pacíficos ciudadanos de clase media como “carne de cañón”. Diversas ONGs –incluyendo la de Sharp, el Albert Einstein Institution- proporcionarían el arsenal ideológico y financiamiento, con el apoyo no reconocido de fuerzas de seguridad imperiales. Los medios actuarían como propaladores de las denuncias y de las protestas.  Los sectores descontentos de cada sociedad, generalmente gente de clase media próspera, proporcionarían la tropa que inicialmente haría protestas pacíficas –Argentina, Ecuador, Bolivia-, pero que eventualmente se transformaría en “carne de cañón” cuando, en las fases finales del golpe blando, fuera necesario conseguir algunas víctimas inocentes –pensemos en las “guarimbas” venezolanas-. No siempre sería necesario llegar a este punto. Muchos gobiernos simplemente caerían ante las protestas. Otros quedarían dañados, se doblegarían y perderían las siguientes elecciones.  A un tercer grupo se lo podría desplazar con golpes institucionales, juicios políticos express organizados  con mucha publicidad y pocos argumentos (Honduras, Paraguay). Si el gobierno en cuestión resistía a todas estas presiones, se pasaría a una fase más sangrienta: muertos provocados por misteriosos francotiradores (Ucrania, Paraguay, Venezuela) que generan enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad, o entre distintas facciones de manifestantes, copamientos de edificios públicos por parte de dichos manifestantes (se intentó en la provincia argentina de  Tucumán y en Ecuador), creación de un gobierno paralelo (Siria, Libia). Cuando el proceso no tiene éxito en las primeras fases, puede degenerar en una guerra civil –como las producidas en Ucrania, Libia y Siria- y tener como corolario la total destrucción del Estado –lo que ha sucedido con Libia y es una posibilidad concreta en Siria-.
Por supuesto que los pacíficos ciudadanos de clase media que salen indignados a la calle con sus cacerolas –fogoneados por medios y políticos que tienen  mucho más  claro lo que están haciendo-  no saben a donde los quieren llevar los que los impulsan. Salen a la calle para protestar por hechos (reales, deformados o inventados) con los que los bombardean ciertos medios a los que les tienen confianza, convocados por dirigentes políticos a los que suelen votar. 
Un partido político que grita “fraude” cada vez que pierde una elección, que lo hace en tres elecciones seguidas realizadas con sistemas de votación absolutamente dispares y organizadas por gobiernos de distintos signos políticos, no sólo no parece creer en la democracia sino que pone en peligro el sistema. Si el que pierde no reconoce el triunfo del que gana, el voto pierde sentido. Cuestionar reiteradamente el voto popular (por supuesta y nunca demostrada “ignorancia”, “clientelismo” o “fraude”) significa en la práctica cuestionar el sistema democrático en si, aceptar sólo los resultados que coinciden con nuestro voto.
En vista del circo montado en torno a la elección local de la provincia de Tucumán, y al que seguramente organizarán en  el Chaco –provincias ambas donde todas las encuestas los daban perdedores a los partidos que protagonizan dichas protestas- queda claro que la oposición argentina se prepara para desconocer el veredicto de las urnas del 25 de octubre.  Evidentemente están convencidos de que pierden.  Como hiciera la oposición venezolana hace un par de años, cuando ganó Nicolás Maduro por una diferencia exigua (250 mil votos), no van a reconocer el resultado –aunque la diferencia sea de 14%, como en Tucumán-. El objetivo es quitarle legitimidad a las nuevas autoridades y “justificar” protestas diversas como las que ya han realizado en el pasado.  Protestas que pueden terminar de muchas maneras, y tenemos diversos casos para elegir.
En Argentina, Ecuador, Brasil y Bolivia varios intentos de golpes blandos han fracasado en los últimos años, lo que no impide que haya nuevos intentos, como el conato destituyente que sufre en este momento Dilma Rousseff, o los intentos de deslegitimar las elecciones en Argentina.
En Venezuela, el peligro de golpe blando se ha vuelto endémico, aunque hasta ahora su heroico gobierno sigue conjurando todos los intentos de derrocarlo.
En Ecuador se había llegado al punto de "retener" al Presidente Correa en una unidad policial, intento golpista neutralizado por la pronta intervención de UNASUR.
En Paraguay, Fernando Lugo fue destituido en un golpe parlamentario-mediático casi incruento, sin siquiera precisar los golpistas de que se lo acusaba.
En Honduras, Manuel Zelaya fue derrocado por una maniobra judicial-militar acompañada de una represión feroz que aún hoy, a siete años del hecho, continúa cobrando víctimas.
En Ucrania el golpe blando generó la secesión de algunas provincias y una guerra civil localizada aún no resuelta, pero que ya se ha cobrado miles de vidas.
En Siria las protestas “blandas” hicieron estallar una guerra civil feroz, de todos contra todos, con participación de milicias armadas y entrenadas en el exterior, una de las cuales ha generado el famoso “Estado islámico” que domina a sangre y fuego media Siria y medio Irak. La guerra civil pone en riesgo la existencia del estado sirio y ya ha generado la destrucción de la infraestructura económica del país, de joyas arqueológicas de la humanidad y una crisis humanitaria de proporciones olímpicas.
El peor caso es el de Libia, hasta hace pocos años una potencia económica y militar del norte de África, que atraía trabajadores de otros países vecinos: hoy ha quedado reducida a una pila de escombros.  No hay gobierno central y los poderes locales están atomizados y tienen tendencias feudalizantes. El Estado libio ha pasado a la historia. El petróleo, eso si, lo controlan los occidentales, que se niegan a recibir a los desesperados refugiados libios.
Los métodos pueden cambiar, pero los objetivos y protagonistas son los mismos. Lo que molesta es el voto, el voto democrático y popular. Cuando el pueblo gobierna sin obedecer a los poderosos, éstos actúan, ayudados por medios concentrados, sistemas judiciales aristocráticos y fuerzas de seguridad autoritarias. Las clases medias proporcionan, con sus actitudes políticas naif, la carne de cañón... se transforman en "daños colaterales".  El Imperio proporciona el soporte ideológico y económico a través de servicios de seguridad, de ONGs  y del sistema financiero paralelo, ilegal, “buitre”. Nunca debemos olvidar que el poder imperial está herido, y ve su hegemonía amenazada por nuevos actores mundiales, pero conserva intacto su aspecto más aterrador: la capacidad de destrucción.
Los golpes blandos, son suaves hasta que aparecen los problemas, hasta que se salen del libreto prefijado, y entonces la sangre empieza a correr sin ningún freno.  Aquellos que salen alegremente con una cacerola impulsados por denuncias endebles, primero por unas “retenciones” al agro que jamás entendieron, luego en defensa de un personaje tan oscuro como Natalio Alberto Nisman y ahora por el supuesto “fraude” en Tucumán, no deben perder de vista ejemplos como los de Siria y Libia…

Adrián Corbella
7 de septiembre de 2015


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