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lunes, 31 de diciembre de 2012

Museo político del prólogo catástrofe (parte I), por Dante Augusto Palma (para “Revista Veintitrés” del 27-12-12)






Arriba: Cosmovisión de la oposición argentina: Profetas del Caos
Abajo: Macedonio Fernández

Por:

Dante Augusto Palma

 Muchas veces, desde este espacio, utilicé el recurso de referencias literarias con la pretensión de ayudar a comprender un poco mejor la realidad política de nuestro país. Tal estrategia no es casual pues buena parte de las discusiones de los últimos años utilizan categorías como relato, tragedia, ficción, metáfora, discurso o épica, y hay quienes sostienen que la construcción política en general y la de los gobiernos populistas en particular abusa de los recursos narrativos para acabar construyendo una suerte de gran escena de irrealidad que se separa de aquello que verdaderamente sucede en el mundo.
Dicho esto, quisiera adentrarme en la obra de una figura compleja, difícil, tan impenetrable como sugestiva: Macedonio Fernández. Y mi idea es utilizar algunos de los elementos que se siguen de su Museo de la Novela de la Eterna para encontrar tópicos que puedan ayudar a comprender los tipos de discurso de la oposición política en la Argentina.
Para los que no lo conocen, Macedonio no fue un escritor del establishment, vivió en esa suerte de miseria elegida propia de un Diógenes vernáculo y su obra comenzó a tener mayor circulación póstumamente, allá por los años ’60.
Macedonio era contemporáneo de Lugones, parte de esa generación y, sin embargo, respetado por aquellas vanguardias que se mofaban del autor de El payador sabiendo que tras escribir “azul” seguramente su próxima frase terminaría con “abedul”. De hecho, mucho de esa literatura atravesada de metafísica y de filosofía tan característica de Borges se encuentra prefigurada en Macedonio, a tal punto que el autor de Ficciones escribe en la revista Sur, en ocasión de la muerte de nuestro autor en 1952, lo siguiente: “Yo, que por aquellos año lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la Metafísica, es la Literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. No imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble”.
En un artículo de hace ya algunos años, Lidia Díaz, investigadora de la Universidad de Pittsburg, recuerda el modo en que allá por los años ’20 Macedonio realizaba tertulias semanales con Borges y otros jóvenes interesados en la literatura a los que él, como mínimo, doblaba en edad. Y las anécdotas de esas charlas o de las acciones que surgían de esos intercambios son dignas de, al menos, un breve comentario.
Se dice que Macedonio fue abogado fiscal en Misiones pero que lo echaron rápidamente porque no acusaba a nadie, algo bastante coherente con esa suerte de anarquismo conservador y antiestatalista que también defendió Borges.
Por otra parte, con claro desprecio hacia los líderes populares, él y su grupo de jóvenes seguidores iniciaron una campaña no oficial que proponía “Macedonio presidente 1928” (una afrenta a Hipólito Yrigoyen) y que tenía una estrategia de campaña insólita: se trataba de producir una serie de inventos propios de la literatura fantástica con miras a la generación de un gran desorden en la sociedad. Similar a lo que Borges planteaba en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuando los objetos idealistas de Tlön comienzan a aparecer y a interactuar con los objetos “reales”, Macedonio creía que ubicando a lo largo de todo Buenos Aires escaleras inútiles que no llevasen a ningún lugar o salivaderas que se movieran frenéticamente y que no permitieran nunca dar en el blanco, lograría que la ciudadanía exija un líder que llegara para poner orden. Ese líder, claro, sería Macedonio. Pero si con eso no alcanzase se podrían incluir cucharas apócrifas realizadas con papel plateado que acabasen disolviéndose una vez que alguien decida revolver el café, o terrones símil azúcar que fuesen de mármol y que pesaran demasiado como para romper la tacita de té.
Estas anécdotas recordaba Ricardo Piglia en una de las clases que fue televisada por la Televisión Pública hace algunos pocos meses. Pero según el autor de Plata quemada, lo más interesante de Macedonio es su visión de la novela y la propuesta de un tipo de construcción fragmentario, no lineal. En otras palabras, como sucede en la actualidad con aquellos que intentan reflexionar acerca de Internet y definen a la Web como aquel espacio en el que prevalece un lector no secuencial y disruptivo que salta de un link a otro, la mirada vanguardista de Macedonio intentaba plasmar esta idea en la antes mencionada Museo de la Novela de La Eterna cuya primera edición preliminar fue publicada en 1942 bajo el título Una novela que comienza. ¿Cuál es el elemento característico de esta obra? Por lo pronto, que consta de 56 prólogos. Efectivamente, Macedonio propone una novela que siempre promete empezar pero nunca lo hace. Entusiasma al lector pero luego lo desanima en la página siguiente. Además, muestra los diferentes puntos de entrada para una misma obra, algo que en parte se acerca a algunas de las construcciones no sólo de Borges sino también de Cortázar. La novela siempre está por comenzar, es muy bien “vendida”, pero se hace esperar y con eso aparece lo que Macedonio identifica como “lector salteado”, un lector de fragmentos, que no puede encontrar continuidades ni linealidades. Sólo vuelve una y otra vez por anticipos de lo que está por venir y no viene.
Según Piglia, este tipo de construcción se inscribe en una disputa literaria entre Macedonio y los escritores de la tradición realista como Manuel Gálvez, quien parece preocupado por tratar de mostrar el modo en que la realidad puede aparecer en la ficción hasta prácticamente borrar sus límites. Justamente, Macedonio trabaja inversamente: busca los elementos de ficción que existen ya en la realidad, lo cual también borra los límites precisos de una y otra.
Por último, no deja de ser interesante algo que resalta Piglia y aparece en el “Prólogo final” titulado “Al que quiera escribir esta novela”. Se trata de una suerte de dispositivo o maquinaria propuesta por Macedonio para que finalmente sea el lector el que acabe construyendo su propia novela. Aquí, una vez más, en las primeras décadas del siglo XX, Macedonio se estaría anticipando a estas propuestas de novelas que pululan en Internet y que ofrecen la posibilidad de formar parte activamente de la trama. En esta línea, la novela no tiene un final cerrado sino abierto al lector, es una obra que se constituye con él y que recomienza y se modifica con cada nuevo punto de vista como bien mostraba Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”.
Bajo este espíritu macedoniano y aprovechando que llegando fin de año usted puede tener más tiempo para la lectura, le propongo, para finalizar, que sea usted mismo el que encuentre los vínculos entre las descripciones precedentes y la lógica de los discursos de la oposición en la Argentina. Le daré algunas pistas en forma de pregunta. ¿No le parece, por ejemplo, que asistimos a un relato en el que todo el tiempo se prometen catástrofes por venir, prólogos de desastres anunciados y sin embargo, estos nunca llegan? ¿No está la opinión pública inmersa en una narrativa fragmentada que no encuentra linealidad ni contextualización ni historización, sino sólo noticias de la inseguridad de hoy y de la corrupción de mañana?
Creo que con estas pistas el cierre de la nota bien puede hacerlo usted mismo. Le doy una semana para que lo ensaye y en el próximo número le ofreceré mi propia mirada al respecto.
(Continuará en el próximo número)

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