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domingo, 11 de noviembre de 2012

Un partido a la derecha, please, por Eduardo Blaustein (para “Miradas al Sur” del 11-11-12)





Miradas al Sur. Año 5. Edición número 234. Domingo 11 de noviembre de 2012
Por 
Eduardo Blaustein


Combinando resentimiento contra el Gobierno Nacional, antipolítica y reclamos que deben atenderse, el último cacerolazo llevó mucha gente pero estuvo muy lejos de contribuir a generar una mejor institucionalidad partidaria.
Es llamativo: demasiada gente baja en la estación Callao. Apenas se sale de la boca del subte suenan bocinas y el tachín tachín lejano de cacerolas. La avenida no está cortada, recién se desvía el tránsito por Marcelo T. de Alvear. El grueso de los que salieron del subte, muchos jóvenes entre ellos, rumbeará con el cronista hacia el punto de encuentro de Santa Fe y Callao. Sabe y avisa el cronista que hay otras citas previstas en la ciudad para el cacerolazo y que por lo tanto éste será, en el inicio, un recorte posible de la protesta. No habrá sorpresas excepto la ya señalada: muchos, pero muchos jóvenes y con ellos la primera carburación interna: sería bueno saber hasta qué punto estos sub-35 y sub-20 vienen de ciertos espacios ensimismados –universidades y colegios privados, empresas, establecimientos confesionales–, esos que en su encierro impidan confrontar las propias percepciones, prácticas, discursos, con realidades más extensas. Ya se van viendo banderas argentinas, camiones de exteriores, bocha de gente.
El cronista llega a la primera multitud: son muchos. No hay sorpresa, hay una rara uniformidad que por carecer de la variedad e intensidad de otras manifestaciones tiene algo de abstracta. Sumando, parecen dos o tres cuadras de gente linda, masas bulliciosas, no compactas. Un primer cartel resume decenas o centenas de carteles similares: “Basta de soberbia, inseguridad, injusticia, impunidad, corrupción, narcotráfico”. Otro dice “No mientas más”. Esas consignas y la más repetida, el no a la re-re, son síntesis de lo que hay. Un modo de decir que no es del todo cierta la crítica contra la dispersión de los reclamos. Otro resumen posible y conocido: ir a la marcha por la negativa y no por la propositiva. Mucho más adelante, sobre la avenida Corrientes, el que escribe anotará el contenido de otra pancarta que es más bien un listado extenso. Contiene dos “sí” a favor de “República democrática, federal, pluralista” y “Derechos humanos para todos”. Abajo, una quincena de “no” para lo que el manifestante entiende como atropellos kirchneristas. Permítase que el cronista descrea un poco del fervor democrático de sectores que apoyaron toda dictadura (un problema es que ellos se la creen).
Volviendo a Santa Fe y Callao. Ya se escucha algún grupo pequeño que canta que se va a acabar la dictadura de los K. No es tan extendido ese estribillo entre otras razones por una cuestión de inorganicidad: sencillamente no hay posibilidad de consignas extendidas porque acá se viene de a uno, en pareja, con amigos del trabajo, la facultad, el club. No hay megáfono que organice cantitos en esta marcha que es más aglomeración de individuos que colectivo, no hay carteles políticos ni de oenegés. Eso no implica que no haya una agenda, que esa agenda (sólo hasta cierto punto) es más bien de clase, conservadora, y que esa clase pelea por reclamos que en algunos casos son legítimos y generalizados en toda la sociedad.
Algo aporta verlos de cerca y no por la tele. Hay que ver con qué orgullo alzan sus carteles personalizados al extremo, casi en un acto de ostentación. Alguno lo levanta girando sobre sí mismo, enseñando su gallardía, exaltando su individualidad. Es un gesto de disputa que se verifica en las miradas: firmes, orgullosos de estar ahí, contentos, en muchos casos desafiantes.

Unidos y semiorganizados.

En el grabador quedarán registrados los cornetines, silbatos, alguna vuvuzela. Tal parece que la consigna de ir con camisetas blancas difundida en las redes sociales opositoras fue acatada por buena parte de los manifestantes. Acudieron para ello a camisetas de descarte: aquella con la que se duerme, la que se compró en el viaje a Brasil y refiere a un festival de cerveza, otra con el logo de Unicef. Otros van con la de la Selección, preferiblemente la que lleva en la espalda el apellido Messi. Y va de nuevo: cantidad de jóvenes, de lo que se llama buena presencia. Y cantidad de mujeres, hasta los 75 años. A algunas de ellas se las ve prolijamente bronceadas, pero ése es recorte con algo de mala leche, lo que ve repetidamente el cronista saliendo ya desde Santa Fe en dirección a la 9 de Julio.
De nuevo, de cara a la vana contabilidad, habrá que reiterar que esta es sólo una bocha de gente y que hay otras bochas que confluirán desde otros puntos. Ya La Nación incluyó en su edición impresa del día el mapa con esos puntos y un link con la célebre alusión a la convocatoria espontánea por las redes sociales que llevaba por ejemplo a la página Argentinos Indignados (“Somos el freno a la tiranía y la cleptocracia”, lenguaje de la Libertadora), de lo más brutal que circula en las webs antikirchneristas, donde el primer párrafo que explica las razones de la movilización es el que dice: “Envían a La Cámpora para adoctrinar a nuestros niños. ‘Adoctrinamiento’ es lo mismo que abuso de ‘menores’; y la Presidente lo apoyó abiertamente”.
La movilización avanza. Cuando comienza a remontar por la 9 de Julio hacia el Obelisco la figura “bocha de gente” pasa a una dimensión superior. Es que pasando Córdoba la 9 de Julio hace una ligera cuesta que permite ver mejor la cantidad y esa cantidad impresiona. Es cierto que la masa se compacta entre los boulevares y sólo avanza por los carriles que van hacia Constitución. Pero son muchos (¿sumarán 40, 50, 60 mil sólo en el Obelisco?). Como sea, una cosa es haberlo previsto, otra tener el cuerpo metido entre esta multitud a la que no se pertenece.
El cronista trata de ser todo lo abierto que le permite su alma. Es mucha gente. Pero comparar el número de asistentes con el de la marcha de la Multipartidaria del ’82, los actos de cierre de campaña de Raúl Alfonsín (de Independencia hasta Córdoba, ver foto) o Italo Lúder en el Obelisco, las convocatorias de Saúl Ubaldini, o dejar de lado la manifestación del 2006 por los 30 años del golpe, es una manipulación cretina.
Habrá otras maneras de relativizar o encuadrar la importancia del número: en la ciudad de Buenos Aires, sólo Mauricio Macri, cuando ganó con el 47 por ciento en primera vuelta, fue votado por 830 mil porteños. Faltan en la cuenta carradas de miles de otros votos no kirchneristas (mínimo, 300 mil más). Es una base fértil para nutrir una marcha contra el gobierno. El dato fuerte y nuevo que se debe atender, escuchar y cuidar es que tantos miles salgan a la calle, a disputar espacio público, discusiones, broncas, sentidos, agendas, percepciones. Ya bastante se escribió y se escribirá acerca de las dificultades de los partidos opositores para encauzar esta irritación que al día siguiente se nutrirá con otra inundación más en Belgrano, Palermo, Villa Crespo. Esa parte del debate quedará para otro día.

So sorry.

Hay un muchacho plantado en medio de la gente mostrando su pancarta personal en la que pide perdón porque él la votó. Le pregunto si es una ironía pero dice que no con un tristísimo apretar de párpados, como diciendo por mi culpa, por mi culpa. Hay carteles sobre seguridad, libertad, respeto a la Constitución. No los hay sobre inclusión, salud, educación, pobreza, generación de empleo. Piden entre otras contradicciones menos subsidios a los vagos y a la vez más seguridad.
Renace en el cacerolazo ese viejo credo superficial según el cual, y suponiendo que el kirchnerismo fuera un monstruo que avanza toscamente a contramano de la Constitución, con sólo tener República el país sería una fiesta, una fiesta construida sin necesidad de políticas, de gobierno. Sucedió con el recitado del Preámbulo en la hermosa campaña de Alfonsín, sucedió con el discurso inconsistente de la Alianza. La fantasía antipolítica y boba de que la mera transparencia institucional –valor deseable y exigible– garantiza un buen gobierno. Este cronista ya ha escrito que la protesta es legítima como manifestación política, que es parte de la vivacidad de una democracia en la que existe plena libertad de expresión. Es también rebote de la repolitización nacida con el kirchnerismo (para el otro lado). Insiste el cronista en que el Gobierno debe escuchar y atender ciertas demandas (seguridad, inflación, transporte público) sin que eso signifique cambiar lo central de un proyecto que fue abrumadoramente respaldado con los votos. El cronista vuelve a subrayar que es falso que todos los caceroleros sean las señoras bronceadas del recorte discursivo o fotográfico. También subraya: además de que el cacerolazo trasunta un triunfo de las ideologías del individualismo, y aunque es relativamente heterogéneo en su composición social, no hay, literalmente, un solo morocho a la vista. Hablando de morochos, en este momento cantan “olelé, olalá, si éste no es el pueblo, el pueblo dónde está”.


Yo estuve.

Cansado de ver tanta cara saludable de Callao y Santa Fe, hay que apurar el paso con ganas de verificar una intuición fácil: que en el Obelisco, provenientes de otras geografías urbanas, puedan apreciarse cambios en la composición social de la protesta. Quién tuviera una máquina portátil y perfecta que pudiera medir de un saque esos datos, o un coche-Google que sacara la foto de 360 grados. Se trate del orgullo individual, de clase o de la bronca anti Cristina, puede apelarse a imágenes aisladas, como la de la piba que viste la camiseta histórica: “8N. Yo estuve”. Quieren dar la pelea, darla fuerte, tienen conciencia de eso y aunque son algo necios en su irritación ensimismada, hacen aprendizajes astutos: no hay en este cacerolazo cartelitos que refieran a mi dólar o mi derecho al viaje, consignas que quedaron relativamente offside, que circularon en la edición anterior y que permanecen en las redes sociales opositoras.
Llegan las columnas de Barrio Norte al Obelisco, a una cuadra y media. Se ensancha la protesta y forma una amplísima circunferencia alrededor de ese monumento, con un sobrante de manifestantes al otro lado de Corrientes. Se canta el Himno al estilo cancha de fútbol. Son las 8.25 y la gente se regocija comprobando el número de asistentes. Hay una proyección luminosa en una de las aristas del Obelisco que dice “Unidos y en libertad”. Habrá que suponer que se pidió permiso al Gobierno porteño para hacer esa proyección. Curioso: el lema “Unidos y en libertad” (dato recordado por el semiólogo Roberto Marafioti), seguramente concebido como opuesto a “Unidos y organizados”, fue usado en formato oblea para parabrisas durante el Proceso, junto al más conocido “Somos derechos y humanos”.
Ya es muy difícil acceder a la plaza de la República, allí donde se quiere saber más sobre qué gente es la que salió a protestar. Pero es jodido llegar a Corrientes y doblar a la derecha. Caramba, casi parece una movilización peronista. Ahora el apretuje es fiero, en sentido contrario a los que quieren llegar al centro del asunto.
Después de un rato de forcejeos el cronista consigue atravesar esa masa compacta. Tuerce el cuello a la derecha, ve el cartel grande que dice “La Fragata no se entrega”, escucha la consigna “Hijos de puta”, enfrenta una zona más nacionalista llena de banderitas blanquicelestes, si éste no es el pueblo el pueblo dónde está. Y efectivamente los que vienen por Corrientes son más diversos: clases medias-medias y bajas; si hay rubias, son rubias no naturales. Aun así la hegemonía parece ser de clase media-media para arriba. Dos señoras de barrio llevan una tela que dice “Las desaparecidas no tolerarían violaciones a los derechos humanos que hoy comete el Estado”. Habiendo de por medio una alusión al género, habrá que interpretar que se refieren al derecho a la vida y el aborto. Los que se ven ahora por Corrientes, sean pequeños comerciantes, pymes, laburantes, interpelan más seriamente la necesidad de abrir las orejas. En alguna pancarta y en testimonios televisivos se sumó otro reclamo al malestar: el tema del mínimo no imponible para el impuesto a las Ganancias.
Pasando Talcahuano ralea la cantidad de manifestantes, los que se siguen sumando caminan entre claros grandes. Otros, incluido el cronista, enfilan de regreso hacia la estación Tribunales. Los demás, felices, seguirán hasta Plaza de Mayo. En la plaza de Tribunales, de pronto, es el puro y oscuro vacío urbano. Los andenes están desiertos. Pero para cuando llegue el subte se llenará de caceroleros contentos. ¿Eso es un contrasentido? ¿La oligarquía viajando en subte? ¿O es una señal sobre la composición de la protesta?
Al salir por Congreso de Tucumán el cronista se encontrará con los restos de la convocatoria de Cabildo y Juramento, que impide el paso de los colectivos. Y también el 152 deberá abrirse de la avenida Maipú porque otra bocha de gente la cortó frente a la Quinta Presidencial. Sale el cronista de Maipú, se interna entre manzanas en las que, ahora sí, los manifestantes dejaron sus coches estacionados. Pasan dos pibas jovencitas por una calle oscura haciendo sonar pares de botellas de agua. Falta poco para llegar a casa y verlo por TN; C5N; 6,7,8; Duro de Domar, América y Canal 26. Pero queda un último detalle casi frente a la propia casa: matrimonio mayor, el tipo de unos 65, alto, bien plantado, bermudas, barba canosa, una cara más bien simpaticona, cantando solito con la patrona, “olelé, olalá, si éste no es el pueblo, el pueblo dónde está”.


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