Juan Chaneton
jchaneton022@gmail.com
31/5/2019
Aquel fenómeno que se gesta poco antes o poco
después del terremoto de San Juan de 1944, que se consolida en 1945 y que se
formaliza en 1946 no se llamaba aún "peronismo" y ni siquiera tenía
nombre. Los únicos "ismos" inquietantes que, por entonces, surcaban
un país todavía partido al medio entre interior y puerto, exhibían genealogía
foránea y eran maximalistas, es decir, iban por todo pues no creían en el
capitalismo.
Tal vez porque la presencia rutilante de
aquellos inmigrantes ideologizados al extremo inspiraba cierta paranoia, los
diarios La Prensa
y La Nación de
la época alucinaron una forma de protocomunismo en fragua en esa masa también
turbulenta que servía de base al coronel Perón para lanzarse a la política
activa.
Nada más erróneo, claro está hoy. Lo que había
ocurrido o estaba ocurriendo bajo la mirada siempre atenta de la burguesía
agraria, era sólo que una forma elemental de la existencia colectiva, la
"serialidad", devenía otra forma, ésta fundamental: el
"grupo-en-fusión". Es decir, en la vida histórica de esa comunidad
llamada Argentina, una parte estaba transitando desde la aglomeración
indiferenciada y anónima hacia una formación grupal específica y con identidad
propia (el grupo fusionado) que, a partir de un compromiso y un juramento,
emergía de la serialidad como una reacción contra ella. El peronismo surge de
su sociedad. Y como su ulterior desarrollo y destino en tanto grupo-en-fusión
se hallaba amenazado por el peligro de un retorno a la serialidad (es decir, su
disolución), tomó recaudos para conjurar la amenaza, lo que logró por cierto,
pero al precio -inevitable- de autoconstruirse como una estructura
esencialmente vertical y autoritaria.
En registro menos sartreano que el desplegado
en el párrafo anterior, decimos que el núcleo ideológico del "partido
laborista" (la conciliación de intereses entre el capital y el trabajo)
era lo contrario de la lucha de clases y que, mediante ese acápite de su
programa Perón logró, en un tiempo llamativamente breve, reducir a ceniza y
brasa la otrora incontestable y temible fuerza del anarquismo, el socialismo y
el comunismo, tres grupos también emergidos de esa pura serialidad que era la Argentina inmigrante del
período 1880-1920.
Pero la mirada que indaga en las esencias
últimas y más ocultas del fenómeno social deja en pie, todavía, el interrogante
por sus causas inmediatas. Y son tres las teorías que, en el ámbito académico,
han circulado acerca de la etiología del peronismo: Gino Germani;
Portantiero-Murmis-Torre; Torcuato Di Tella (h).
Según Germani, en el origen hubo una relación
conflictiva del líder con las dirigencias sindicales ideologizadas que venían
del período anterior, relación que es "cortocircuitada" por Perón (la
expresión es de Di Tella) mediante el atajo de una apelación directa a las
bases, lo que le permite al "líder
carismático" primero, "puentear" a los sindicatos combativos y,
luego, reducirlos paulatinamente a la irrelevancia. Se trata de una visión
simplista en la medida en que no ve contradicciones sustantivas dentro de la
masa obrera, la que habría constituido materia homogénea y maleable para un
Perón lanzado por el atajo fácil de la demagogia. El líder actúa desde fuera de
la masa. El fenómeno es netamente heterónomo. De ese modo, además, asimila muy
fuertemente al peronismo con el fascismo mussoliniano que el propio Germani
había conocido. Demasiado europeísta para ser real.
La segunda versión sobre el origen del
peronismo es el corpus teórico de Juan Carlos Portantiero, Miguel Murmis y Juan
Carlos Torre, versión hoy devenida
"ortodoxa" en el ámbito académico. Según estos estudios, la
élite política (Perón y la dirigencia peronista) se encuentra con un movimiento
obrero que cuenta con conducciones más nuevas pero también experimentadas; y es
a una dirigencia de estas características (que tenía un proyecto social) que
Perón (portador de un proyecto político) le propone una nueva alianza social.
En los orígenes del peronismo, entonces, según esta mirada, la clase obrera no
resigna su autonomía como sí ocurre en la interpretación de Gino Germani. Antes
bien, ese movimiento obrero (esa clase obrera) es un sujeto con identidad y
voluntad propia que negocia mano a mano y de igual a igual con Perón. Es un
sujeto autónomo -decide por sí- no
heterónomo -deciden por él-.
Pero si Germani yerra, también se equivoca la
"nueva ortodoxia" -sostendrá
Di Tella-, pues construye una
abstracción ideal en la cual están ausentes las asperezas y, más aún, las
violencias de la política. En efecto, el peronismo no es hijo de la armonía de
una mesa de negociación que dio como fruto una propuesta de “nueva alianza
social” aceptada por la otra parte. Es éste el punto fuerte de la mirada de Di
Tella: los hechos históricos son los hechos históricos, y no hay que hacerles
decir lo que nunca dijeron.
Así, el autor de Perón y los sindicatos, a su
turno, propone otra visión de las cosas. Para construir su poder y su partido
-afirma- Perón usó de la
represión y de la cooptación -dineraria
y/o ideológica- por partes más o menos equivalentes (a veces, dirigente por
dirigente, delegado por delegado) tanto en Buenos Aires como en el interior del
país. El caso de Cipriano Reyes (torturado y víctima de intentos de asesinato
por una policía a cuyo interior el coronel era ciertamente influyente) es
emblemático, pero está lejos de ser el único. "El sector autónomo obrero
fue básicamente reprimido, con una cooptación de una minoría (pronto también
ella subordinada), mientras que entre las clases populares se dio un complejo
fenómeno de incorporación de masas a la escena política que fue la verdadera
base del peronismo" (Di Tella, op. cit., p. 441). Nombres emblemáticos que
corporizaron aquellos forcejeos fundacionales fueron los de Domenech, Pérez
Leirós, Silverio Pontieri, Francisco Gay, Aurelio Hernández, Ángel Borlenghi,
Gerónimo Espejo y otros, todos ellos dirigentes sindicales conversos, por las
buenas o por las malas, que venían de
las tradiciones ácratas y socialistas.
No hubo -entonces- ninguna alianza social. Lo que ocurre
-lo que ocurrió- es que el clima de época en que maduró la versión
ortodoxa acerca de la etiología del peronismo
-que son los iniciales años ’70-
cobró forma como necesidad política de algunos sectores sustantivos del
acontecer político y social de aquel entonces,
ya que -repetimos- es en esos años que alumbra la construcción
teórica de Portantiero, Murmis y Torre.
Sucedió que un organismo que lleva adelante la
actividad política urbana armada, con
todo su acervo ideológico sedicentemente portador de valores nuevos, necesitaba
de un "origen" más cargado de épica que el que proponía Gino Germani.
Era inadmisible que la Tendencia Revolucionaria del peronismo setentista
proviniera de fuentes tan desangeladas como las que, hasta ese momento,
proponía el sociólogo italiano radicado en la Argentina , a saber, la
modelación, por parte de un líder carismático, de una masa de maniobra pasiva y
a merced de la demagogia y el oportunismo. Con esa partida de nacimiento no se
era creíble en los setenta. Era poco
“sexy” ese parentesco. No “enamoraba”. Y la fábula de la nueva alianza social,
entonces, hubo de abrirse paso como precursor ejercicio de posverdad. Como el
“contrato social” de Rousseau, esta iridiscencia fantasmática alucinada como
nueva alianza social, fue sólo eso: un imaginario que daba fundamento a una
teorización que, a su vez, servía de base a una política. Estamos diciendo que
aquel contexto cultural produjo una teoría muy funcional a lo que necesitaba
esa "ala izquierda" del movimiento peronista y proveniente de
intelectuales y académicos que, en ese momento joven de sus vidas, lucían mucho
más radicales que lo que fueron luego.
Poco se habla de estos temas en la Argentina de hoy; mucho menos
es esperable que ello ocurra en vísperas electorales. Registramos, sólo, una
alusión al asunto que luce ya lejana en el tiempo, pero como se trata de hechos
fundacionales y que, por ello, son materia histórica, no pasan de moda y están
siempre vigentes. Y lo están mucho más toda vez que la fuerza social que se
opone al oprobio macrista hoy, y que tal vez gobierne mañana, es un actor
político que no por diferente al peronismo “clásico” deja de ser una forma de
él.
Hace hoy quince meses se recordó el 72º
aniversario de aquella sedicente “alianza social”. Y, por lo que llevamos dicho, nos parece
propósito vano proponer ciertas evocaciones. Aquella alianza social no fue tal
cosa porque no existió ni como metáfora, de modo que se trata de un aniversario
de objeto imposible el que se conmemoraba en aquella nota titulada "21 F , 1946: la grieta llega al
gobierno", publicada en el portal El Cohete a la luna con fecha 25/2/2018.
La ilustraba una foto de Perón al lado de Quijano, pero ello no daba y no da,
per se, sustento sólido a la teoría de la "alianza social". Tampoco
el postular su existencia sin ofrecer prueba.
Por eso, resulta diáfano, el autor de la citada
nota (Rafael Cullen), cuando escribe:
- "El 24 de febrero de 1946 el Partido
Laborista, con la fórmula Juan Domingo Perón–Hortensio Quijano, logra el 52.4%
de los votos emitidos contra el 42.51% de la Unión Democrática ,
donde se agrupaban todos los partidos políticos preexistentes a 1945".
Y de 1945 pasa, sin escalas, a cuatro años
después:
- "El conflicto continúa en el terreno
institucional hasta 1949, cuando la Unión Cívica Radical se retira de la Convención
Constituyente.. .".
Y de ese "... conflicto que continúa en el
terreno institucional hasta 1949",
¿nada...? Efectivamente, nada. No nos dice nada el autor. Y tal vez sea
porque lo que ocurrió, en ese lapso, es lo que dice el ex embajador de Néstor
Kirchner en Roma: la represión y la cooptación
-dineraria o ideológica- fue
moneda corriente en la relación de Perón con los sindicatos, pues al hombre que
había pisado el escenario histórico para barrer con toda la "basura
disolvente" heredada desde el fondo
de la Argentina
inmigrante, le resultaba imprescindible disolver el laborismo, fundar un
partido netamente peronista y sujetar a él a la CGT y a las delegaciones regionales del interior.
Lo anterior es tan cierto que pasarlo por alto
sería una forma del negacionismo de nuestra historia de entrecasa. Como también
lo sería ignorar que, con ese mismo Perón, el trabajador argentino accedió a lo
que ni anarquistas, ni socialistas, ni comunistas le habían podido garantizar.
Convenios por rama y/o por oficio que regulaban salarios y condiciones de
trabajo, el aguinaldo, el descanso dominical, el estatuto del peón rural, el
esfuerzo industrializador (no importa ahora con qué resultado) y la creación
del fuero laboral, entre muchas otras conquistas, constituyeron una realidad
que ya tiene dimensión histórica.
Pero para abogar por el mérito de ese programa
social no es necesario enrolarse en las filas del escamoteo de una explicación
sensata de lo acontecido en los orígenes.
Y tal vez esté ocurriendo que las fragilidades del pasado se replican,
cual juego de espejos, en las inconsistencias del presente.
Por qué los peronistas de hoy omiten toda
referencia a esa olla caliente en la que fraguó el peronismo y que se extendió
entre 1944 y 1946, es comprensible: se quedan con "lo mejor" del
fenómeno (que vino después) y se
desentienden de lo inexplicable. Pero el caso es que en lo inexplicable tal vez estén habitando ciertas
claves para comprender mejor el presente. Las debilidades ideológicas de hoy
alguna genealogía remota tienen que tener.
El párrafo tercero de esta nota alude a la Crítica... de Jean-Paul
Sartre, que es el nombre "familiar" con que, en el ámbito académico,
se menciona a la obra más radical del filósofo francés, esto es, la Crítica de la razón
dialéctica. Ese texto europeo se refiere a la Argentina , porque se
refiere a la humanidad. El peronismo ha surgido de la "serialidad",
ese magma confundido e indiferenciado en que consistía el mundo del trabajo
antes del big bang que lo instituiría como grupo fusionado con identidad
propia. Los desvaríos de otros grupos con identidad de izquierda han obligado a
éstos a hacerse cargo de sus desatinos, y las últimas décadas los han visto
esfumarse en una nueva serialidad o mimetizarse con el peronismo cual furgón de
cola sin línea y sin brújula. Es el
precio que se paga por los errores cuando éstos son de dimensión histórica.
Pero entonces, cabe la pregunta: de aquel
origen turbio de 1944, así como de la secuencia Libertadora-Videla-Macri
(sendos escenarios en que nos dejó a todos el peronismo en 1955, en 1976 y en
2015), ¿quién se hará cargo...? Y hacerse cargo, aquí, no significa cortarse
las venas. Sólo quiere decir salvaguardar el futuro tomando recaudos. Hay
esclarecimientos que resultan imprescindibles para que las convocatorias
frentistas de hoy emerjan de su propia serialidad y puedan avanzar hacia algo
nuevo en igualdad de condiciones y sobre bases firmes, de modo que a esos
monjes negros del neoliberalismo que reptan en la calle Wall, en la plaza
londinense o en el Gran Ducado de Luxemburgo podamos decirles, algún día y con
razonables expectativas de éxito: ustedes… ¡never again …!
Nuestros anatemas deben sostenerse a sí mismos
por la fuerza de su sentido común y de su verdad histórica. Hobsbawm dice algo
que él refiere a los historiadores pero que es perfectamente válido extender a
quienes no lo somos: “ … el ámbito del historiador es lo sucedido y no lo que
habría podido suceder si las cosas hubiesen sido distintas” (Historia del siglo
XX).
Eso quiere decir que los hechos son los
hechos, y a ellos están obligados a
remitirse tanto el historiador como el que vuelve los ojos hacia las
incandescencias de un pasado cuyos fuegos nunca se apagan del todo, en busca de
una fuente de luz -una más- que permita alumbrar este presente.
Pero los hechos (todo hay que decirlo) están
indicando que el peronismo no trilló en soledad el camino que conduciría a esas
frustraciones puntuales de las expectativas que había despertado. En efecto, en
1955 los amigos dilectos que Spruille Braden recibía en la embajada
estadounidense eran los diputados y senadores de la Unión Cívica
Radical. Y en 1976 el que hablaba a
escondidas con el general Viola era el doctor Ricardo Balbín, quien le
reclamaba el acto patriótico de tumbar al gobierno pero, eso sí, aclarándole al
general que, en público, se mostraría impecablemente legalista. De ese modo, la
responsabilidad por la llegada de Videla al poder no la tiene la consigna
“Cámpora al gobierno, Perón al poder”
-como acaba de vomitar ese gorila de ley y ex radical converso al
neoliberalismo que es Hernán Lombardi-
sino, en medida que la historia juzgará, el ínclito y recién mencionado
doctor Ricardo Balbín, que también pidió
públicamente a los militares que reprimieran a lo que su inflamada oratoria
calificó como “guerrilla industrial”. Le dieron el gusto, y pocos meses después
caía asesinado Oscar Smith, secretario general del gremio Luz y Fuerza. Y le
siguió una larga lista de “guerrilleros industriales” como Smith. Y para
completar la tríada de felonías, estos radicales de hoy, por boca de sus
diversos rábulas, son los que, en 2015, cerraron filas detrás de Macri haciendo
befa del legado doctrinario de Alem e Yrigoyen guiados -sólo y una vez más- por el odio de clase a la “negritud” villera
y obrera.
El interrogante que antecede referido a quién
se hará cargo de los extravíos del pasado deviene pregunta retórica a la luz de
lo que está ocurriendo en la
Argentina política. Con responsabilidad o sin ella,
conforme la mirada de cada cual y de
cada quién, la historia exhibe un final de tragedia isabelina que el calendario
gregoriano que nos rige señala con los años 1955, 1976 y 2015. A la oligarquía, si
no se está dispuesto a enfrentarla en serio, más vale saludarla con urbanidad y
buenos modales, podría ser la irónica conclusión, un tanto lúdica, por cierto.
De lo contrario, las consecuencias las pagamos todos, es decir, el pueblo argentino.
Hay otras metáforas para decir lo mismo. Una: al tigre se le puede pisar la
cola tres veces… pero a la cuarta te come.
No obstante,
el motor abrasivo de ese
peronismo que, hasta hoy, siempre condujo a la restauración oligárquica siguió
siendo la base popular del movimiento. Esa dinámica exhibía, a poco que se
profundizase el análisis histórico y político, una tensión de opuestos que
conferían al fenómeno su nota definitoria esencial: las direcciones políticas
que operaban en la superestructura institucional del movimiento vivían en
tensión con una movilización constante y obstinada en la base social. Y el
puerto de arribo al desenlace golpista (1955/1976) o a la epifanía neoliberal (2015) fue, así,
obra, en lo sustantivo, de aquellas
direcciones que no pudieron o no supieron evitar la oligárquica "reacción
thermidoriana" (esta expresión es del benemérito Trotsky, a quien no vamos
a criticar porque no se puede defender), mientras que en la base social en que
esas direcciones hundían sus raíces se agitaba, en una y otra de las
oportunidades históricas perdidas, el reclamo sordo y la confusión política en
igual medida y como señal de alerta de que el pueblo podía y quería "ir por más".
Ese “ir por más” ha de significar algo. Debería
significar algo. El kirchnerismo, en las últimas dos décadas, ha devenido
potencial amenaza de radicalización y lo combate la derecha más porque convoca
a la política a unas masas turbulentas siempre proclives a cristalizaciones
antisistémicas, que por las efectivas medidas de ruptura que adoptó en el
período 2003-2015. Sucede (todo hay que
decirlo) que a esas cristalizaciones antisistémicas las masas no las perciben
con nitidez y los dirigentes propios les temen más o igual que lo que las odia
la derecha.
Lo que se abre a partir de 2020 (en caso de que
AF-CFK se alcen con un triunfo en primera o segunda vuelta, algo que nada de lo
que se percibe a simple vista habilita a dar por seguro) es un escenario en el
cual, de modo paulatino, la producción, la industria y los trabajadores
deberían comenzar a despertar del fúnebre letargo en que los sumieron cuatro
años de odio de clase y de miserable entrega del patrimonio nacional. Pero ese
programa nacional-soberanista requiere de mucho más que de buenos deseos.
Requiere de unas inversiones que sólo una decisión política puede proveer. Pero
en América Latina y en Argentina los procesos políticos se desenvuelven, hace
ya demasiado tiempo, inficionados por un factor distorsivo y perjudicial para
el interés nacional pero vital para que el bloque de poder real del país se
reproduzca a sí mismo como tal bloque de poder. Ese factor distorsivo son los
Estados Unidos de Norteamérica y su injerencia
-desbocada o disimulada- en pos
de los recursos -si los hay- o de mantener al jugador subordinado dentro
del juego geopolítico y geoestratégico que mejor convenga a su interés de
potencia hegemónica en el “hemisferio occidental”, como ellos llaman a esta
parte del mundo que consideran prioritaria zona de su interés y, en última
instancia, de su seguridad, que es la seguridad de la plutocracia que gobierna
allí y que contamina al mundo de violencia.
La decisión política a que aludimos implicaría
redefinir el campo de alianzas de Argentina en el tablero global, pues esa
redefinición es lo único que tornaría viables, concretas y fructíferas las
inversiones que el país reclama para sostener, en los hechos, el programa
productivista, industrializador y favorable a los trabajadores con que la Unidad Ciudadana
y aliados se harían cargo de conducir la nave de la Nación en ruinas al puerto
prometido de la justicia social y de la recuperación de la dignidad nacional
perdida.
Durante el período 2003-2015, al kirchnerismo
pareció ocurrirle, paso a paso, poco a poco, paulatinamente, lo que hace mucho
tiempo le ocurrió al deseo de Antígona: devino inasimilable, pero no por la
dialéctica -como dice Derrida que
ocurrió con el deseo de aquella hija de Edipo-,
sino por el sistema político. Esa inasimilabilidad del kirchnerismo,
ayer gobernante, no se debía a que fuera inclasificable (pues ya se lo había
clasificado, era populismo), sino a que era irrecibible dentro del sistema
político. Y devenía entonces, también, y cada vez más, formación espectral. El
kirchnerismo, así, fue objeto de otra clasificación: el poder real de la Argentina dictaminó, a
través de sus representaciones políticas, que debía ser el elemento excluido
del sistema.
La perspectiva de un regreso al poder de ese
populismo inasimilable, irrecibible y excluido del sistema político plantea,
así, tres interrogantes: ¿no es acaso, siempre, un elemento excluido del
sistema el que asegura el espacio de posibilidad del sistema?; ¿cómo se deja de
ser el elemento que asegura la posibilidad del sistema?; ¿existe voluntad
política para dejar de ser el elemento que asegura la posibilidad del sistema?

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